
“El cuento es como la fotografía, un fragmento dichoso o execrable de la realidad, un pedazo del lienzo, un venerable detalle minucioso cortado a la medida de los más profundos e innombrables anhelos. Quienes lo transitan acostumbran ser los fantasmas de la realidad, arrojados del seno protector de la infancia, de los lazos ancestrales del pasado o de la fuerza primordial de la pasión. Y desde el principio fue así: Por eso su tiempo es vertiginoso y elíptico, brutal y alado, irrepetible, como si sus cultores supieran que Todo pasa una sola vez/pero para siempre (Borges). Así, estas ficciones quedan navegando en un recuerdo, cambiante como los colores de un lienzo de Rembrandt, de una pesadilla de Munch, de un abrazo furtivo de Paul Delvaux , o como los embates polifónicos de una cabalgata de Wagner”.